
Uno de los tantos pensamientos gratuitos y falsos que me agencié de niño, de cualquiera menos de mi padre que ya por entonces estaba más sobado que las vaquetas de las curtiembres del arroyo Sacra y no me iba a andar repitiendo consejos, era que para dejar de ser un bandido bastaba con no robar nunca más. Así que convencido de que tenía tiempo suficiente para redimirme me dediqué a apropiarme palabras y corazones ajenos sin pensar hasta dónde podía llegar el destrozo e incluso, ocultando mi miedo al dolor y mi vergüenza al fracaso, siempre teatral desde el origen, con imitada habilidad me llevé algún título por knock out, trifulcas en realidad, montadas algunas veces para la platea y otras para mostrarme a mí mismo no sé qué cosa sobre la hombría y la autosuficiencia.
Y como estaba planeado un día dejé de robar.
Me tomó algunos años darme cuenta, los que tardé en aprender a hacer oraciones un poco más complejas con aquellas palabras robadas que ya no podía devolver, los que pasé dedicado a un corazón en exclusiva como si ignorara que existían otros, que los inocentes como yo, falsos como aquellos pensamientos que ahora que mis ídolos son de carne y hueso de verdad y andan en bicicleta descubro sin sorpresa de dónde venían, somos el cebo perfecto para justificar infiernos y paraísos.
Tanto aprendí en estos años, los últimos sobre todo, que he acabado por tomarme la justicia por mi mano, nunca mejor dicho, literalmente. Ya no hace falta que nadie me empuje, me tiro yo. Se trata en definitiva, no de pagar deudas olvidadas porque las palabras han ido encajándose unas en otras hasta conseguir significar cosas diferentes y ser pronunciadas de otras maneras, quién hubiera dicho que iba a aprender y a ganar dinero con eso, y los corazones, casi todos, me han ido arrinconando en el mejor de los casos hasta conservarme como una anécdota incompleta, se trata, escribo, de hacer mi propia memoria histórica.
Probablemente no sea más que un capricho o la necesidad de escribir que a veces apremia, pero si tuviera que dar un par de razones las encontraría en las palabras de mi amigo Benjamín que hace dos años, dos meses y veintiocho días, más o menos, no busquen en estas cuentas a un obseso, me dijo que había llegado la hora de pagar por lo que había robado y que ni corto ni perezoso, dos años, dos meses y veintiocho días después de decir eso me ha vuelto a soltar otra sentencia, una vez cumplida la otra:
-Gallego, este va a ser tu año.
¡Qué gracioso! ¡qué brujo de pacotilla! ¡qué juez más vago! eso yo ya lo sabía.
Dos mil once, cincuenta tacos y un antifaz algo descolorido. No me queda otra, vuelvo al principio.
FELIZ AÑO A TODOS

Benjamin
Quillo, Ricardo te he mandado la invitación al estreno de Carne en Darlinos ¿Cambiaste de mail? Confirmamelo y si no mándame tu mail... Abrazotes. Paco.
ResponderSuprimir