
Eran una cuantas y unos pocos. Me miraban. Estaban más o menos atentos. A mí me parecía demasiada atención. Yo quería decirles lo que Joe esperaba que dijese. Me había presentado como "un amigo con talento y suerte varible". En el fondo Joe piensa lo que todos los que me conocen, que mi suerte, la buena, la buscada, la que yo creía sostenible como el café que tomo, no me es para nada esquiva sino todo lo contrario. Se me planta ahí enfrente o allá pero de cara y como el Mago Migue o alguno de su troupe me sorprende, siempre me sorprende, a pesar de que me sé de memoria el resultado, de que he estudiado concienzudamente el mecanismo que utiliza, de que sé que será muy buena o muy mala. Y eso es lo que me hubiera gustado decirle a esos chicos y chicas tan atentos. ¿Quién coño puede vivir con tamaña oscilación de su suerte? Pero, como otras veces, digregando, digregario yo, les hablé de la guerra esta de la vida que han elegido, de escribir cine.
¡Escriban, sí! para que quede registrado que combatieron. ¡Escriban sus nombres encima de los que irán cayendo! Escriban meticulosamente la descripción del enemigo porque como casi todas la veces acabará disfrazándose de cordero o de lo que sea y ahí es dónde está el cuento.
Cuando acabé tenía mucha sed y ganas de escribir una fábula a lo Samaniego. Ellos me aplaudieron y yo les aplaudí el aplauso.
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