
Da igual que lleve el pasaje a mano, que se lo entregue a un revisor extrañamente amable o a una azafata que haría las delicias del viejo Vignolo. Da igual que me tome la molestia de asegurarme un asiento y unos horarios precisos, un punto de partida y otro de llegada. Da igual porque siempre que viajo acabo preguntándome adónde carajo voy.
Y no crean, aunque a simple vista lo parezca, que la respuesta, la tramposa, se puede evitar fácilmente.
La maravillosa ocurrencia, que nace de una valentía inusual en mí, de darle un giro al viaje en cuestión variando mi destino pasa de original a estúpida en lo que tardo en darme cuenta de que viajo en un tren a 300 kilómetros por hora o en un avión que me sostiene a 30000 pies del suelo.
La cárcel en que se convierte entonces el viaje no hace que me sienta precisamente Ulises, que bien sabía que quería llegar a Ítaca, sino más bien un juguete de los dioses del Olimpo que además me prohíben consultar el reloj, imagino que para mantener el suspense en la película que es esta vida mía, aunque yo prefiero pensar que es para empujarme a vivir el viaje como un eterno y maravilloso aprendizaje donde, sobre todo, se aprende a viajar.
Sus discípulos, algunas veces, cuando me pillan escuchador, se empeñan en ir más allá engatuzándome con metáforas increíbles y asegurando que después de todas las metamorfosis están ellos esperando, de verdad.
Pero yo me emperro en negar esa fantasía, bastante tengo con las que puedo tocar, y no les hago ni puñetero caso.
Miro por la ventana que sea e intento inútilmente contar los postes que delimitan la vía o adivinar en qué nube se zambulló el Principito hace apenas una milésima de segundo mientras me sigo preguntando adónde carajo voy con la ñata pegada al cristal.
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