
El papel estaba ajado y sucio, pero la letra, impecablemente escrita, facilitaba la lectura. Juan José Gutiérrez, "El Guti" como lo llamaban todos en comisaría, no acababa de creer lo que estaba leyendo. Bebió el café de un sorbo y a diferencia de otras veces conservó el vaso de plástico intacto. Necesitaba silencio para poder volver a leer desde el principio.
"Estimado amigo, te escribo desde el centro del apocalipsis ..."
Al Guti, por estrecha que fuera la amistad que se tuviera con él, nadie podía llamarlo gordo. Su dificultad para cruzar las piernas solamente era comparable a la satisfacción que ocultaba cuando lo conseguía. Aquella carta reclamaba toda su atención, así que, se desabrochó la sobaquera y descansó la rodilla izquierda sobre la derecha sobreponiéndose a la dificultad. Se distrajo un momento pensando en que era un hombre consciente de sus posibilidades. Como no había nadie en la oficina, sonrió. La Beretta, plateada, se hizo a un lado con aburrido desdén, llevándose cogida de un hilo a la corbata. El gordo inspector notó el cambio de temperatura, arriba, en el pecho, junto al lugar del que había desertado un botoncito inencontrable por la mañana en el coche camino de la estación.
Volvía de la sonrisa y aprovechó para comprobar de pasada el termostato y la fecha: julio 16, 45 grados. El cacharro seguía roto.
"... no voy a negar mi pasado ni mi presente, vos sabés cómo soy y a lo que me dedico. Pero te debo una de cuando estaba en aquel apuro del que me sacaste imagino que esperando que algún día te lo devolviera. Este es el momento, hablo en serio. Además el fútbol para mí es religión, quiero ayudar..."
Unos nudillos golpearon suavemente en el cristal. El Guti contestó al saludo levantando apenas el brazo, y sólo después, cuando el Colorao se alejaba desabrochándose el cinturón y con el diario Marca en la mano rumbo a su invariable cita de las diez, se giró hacia el pasillo para comprobar que efectivamente era su joven compañero. Lo hizo por pura deformación profesional y pensó que no podía dejar de ser un poli ni en la propia comisaría. Por eso estaba leyendo la carta otra vez.
"Tenés que tener en cuenta que el más célebre de ellos nunca jugó en España y que hasta que no llegó el tal Cachas, me niego a nombrarlo, la rabia me puede, a los otros que estuvieron, el Polilla, el Príncipe, el Rifle y todos esos, nunca les ubicaron la procedencia.
El sonido de la cisterna interrumpió la lectura del Guti. Después se fue apagando pero no se abrió ninguna puerta ni se oyeron pasos. Por lo visto el periódico traía esta mañana bastante información. Recordó a su padre, empleado en los Ferrocarriles de Vía Estrecha, al cuidado de una barrera en el cruce de un pueblo perdido de Cantabria, tirando para el monte cuando, como el Colorao, tenía una necesidad y rezando, siempre rezando, para que no ocurriera un accidente.
"La prensa hace y deshace a su antojo, me extraña que con tu experiencia te dejaras embaucar"
El especialista del corazón de La Mutua, había apostado con el Guti su sueldo de un mes contra una cena en el Amparo a que el gordo inspector no era capaz de dejar de fumar durante treinta y cinco días. El Guti sabía que el engaño era posible pero al dar su palabra había empeñado algo más que un apretón de manos. Estaba en juego el concepto que tenía de cómo debían ser las cosas y sospechaba que al ser el otro apostante un médico y un amigo, estaba también en juego su vida. Sin apartar los ojos de la carta rebuscó en el bolsillo de la camisa hasta dar con los chicles y se echó uno a la boca. El Colorao ya estaba, como siempre, curioseando en el ordenador del jefe.
"Las cosas han cambiado, Rojas. ¿No viste a los brasileros? Ni uno metieron. ¡Eso sí que es de juzgado de guardia! Nosotros por lo menos..."
El Guti frunció el entrecejo, bajó el pie y acomodó su grasa. Tras la verborrea primera ahora venía el mensaje. Preciso. Delator.
"Me cuesta creer que tengas entre rejas a un genio que además funciona. Nosotros tenemos uno pero no anda, acá no anda..."
-¡Ángel!- la voz del Guti esquivó mesas, armarios y persianas y arribó contundente junto al Colorao.
"Ellos no compraron nada. Y tampoco vendieron. Dejate de tribunales internacionales del deporte, se trata de la Copa de América, no te hagás el que no sabe lo que significa para Argentina. Hubo un maletín con plata, sí. Unos amigos míos pensaron que era una buena idea que yo hablara con ese chico que tenés encerrado pero el pibe ni siquiera me recibió. Tengo un video que lo prueba pero no te va a hacer falta. Yo no quería, ya te dije que para mí el fútbol es religión, pero fue un encargo y de algo hay que comer. Nos ganaron bien, juagando bien, tocando bien y eso no lo cambia ningún maletín ni de antes ni de ahora. Son chiquitos, pocos, valientes y nosotros siempre los andamos puteando, que si el corralito, que si los puentes, que si el mercado de la carne, que si nuestra selección vale más que toda su deuda externa. Nos tenían muchas ganas, desde el 95 nos tenían muchas ganas... Además no es la primera vez que ganan. A los paraguayos los pasaron por encima.
El joven policía se enganchó a la voz con la obediencia de un vagón de carga, inútil sin su mamá locomotora. Rápidamente desanduvo el camino sin olvidarse de apagar la pantalla y volver el pisapapeles a su sitio. Lo hizo satisfecho de que el viejo león, el incombustible Guti, que resolvía los casos sentado mirando al vacío, solicitara su ayuda.
Cuando llegó a la oficina el gordo estaba de pie, apoyado sobre el escritorio y ya tenía la tiza en la mano. El Colorao conocía el sistema. Mientras abría el caballete y colocaba la pizarra echó una ojeada al papel que su compañero le ofrecía con una interrogante en el rostro.
-¿Qué?
-Dime la característica más sobresaliente que ves- el chico era un especialista en grafología. Y además bueno.
-¡Eh! ¿Qué le ha pasado a tu viejo olfato de sabueso?
-No me toques los cojones. Dime qué ves.
El Colorao sabía que aquella respuesta hecha con cara de Gran Danés enfadado era su manera de reconocerlo.
-Fácil- el Guti sólo le mostraba la primera hoja- es del confidente ese que usted tenía ¿no se había vuelto a Buenos Aires el tipo este?
-Aquí el que pregunta soy yo. No es un juego.
-Pues si pudiera me apostaría algo. Lo que pasa es que no tengo ni un duro.
El Guti guardó la carta en una carpeta celeste con ribetes negros, rodeó la mesa para situarse junto a su silla y le dijo al Colorado:
-Prepara los papeles. Hay que soltar al uruguayo.
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