La capital rusa es bonita muy de a ratos. Prevalece la rudeza de la austeridad general con la que fue reconstruida. Brillan, y era de esperar, sus tesoros arquitectónicos históricos y religiosos, sus amplias y peligrosas avenidas, y casi a cualquier hora del día, en cantidades que marean, sorteando cualquier escollo terrestre o marino, ignoradas por los regulares e ignorantes del terremoto emocional que provocan en algunos como yo, los afilados tacones que sostienen las más variadas y estilizadas piernas jamás vistan antes por este, ahora lo sé, ordinario y emocionado voayeur.
Un lugar así, donde tocar me será imposible porque nunca sería capaz de elegir, no puede ser paraíso alguno.
De todas maneras, el buen humor no es una característica propia de los rusos moscovitas, así que dejando de lado los obeliscos femeninos la cosa es más bien gris.
Y eso que la suerte musical volvió a acompañarme en este viaje. Ese fin de semana festejaban el día de Moscú o algo parecido. La principal arteria de la capital estaba cortada al tráfico y repleta de gente y escenarios multimusicales ensalzando a la patria y honrando a los héroes de la segunda guerra mundial con canciones que iban desde la más pura tradición al último grito en rock & roll.
José y yo nos pusimos tan contentos de ver algo de color que no fuera una catedral o el kremlin que para calmarnos decidimos meternos en un cine de versión original, el único o uno de los pocos que hay por ahí. La película no podía ser más adecuada: El mundo se va al carajo según Lars Von Trier.
Si la película nos dividió, la cena de típica cocina georgiana nos amigó tanto otra vez que Jose no daba crédito a que yo no diera crédito al ver que los rusos, georgianos y demás ¡acompañan a la comida con bebidas dulces peores que la Pepsi. Para ser sincero no esperaba que comieran con vodka pero esto era demasiado.
Como soy como soy comiendo, me hice enemigo de la de la botella verde y fan de la de la botella marrón que se llama Kvas si mal no recuerdo y que me sabía a la malta de mi infancia.
La comida, la rusa del día siguiente también, una pasada de rica entre la que destacan la sopa de remolacha, los cereales con verduras y las carnes asadas. Todo esto lo sé porque aunque tragón tengo algo de paladar y porque Jose por la cuenta que le trae es capaz de reconocer unas cuantas palabras escritas en cirílico. Yo bastante tenía con llamarle pectopán a los restaurantes.
En Moscú también encontré la prueba física de que Rosendo Mercado se ha pasado al clásico. El tío está loco por incordiar.
El plan, por culpa del amor de Jose por su amada, estaba decidido desde que ella nació en Petersanburgo, como dice mi madre, así que nuestras horas en Moscú estaban contadas. Aún así nos dio tiempo de conocer a Isabel que nos regaló unos cupones de descuento para el paseo en barco, de jartarnos de iconos y de gastar las preciadas suelas de mis Ascis antitodo recientememte adquiridas en Amsterdam.
Es martes, el primero que apareció, y hemos cogido una especie de tren bala disparada con discreción. Vamos en un vagón cómodo que compartimos con otras tres personas entretenidos con nuestros mini portátiles, degustando té y café y esperando yo, que soy un iluso, que aparezcan unas montañas o unas colinas al menos. Ochocientos y pico de kilómetros que separan la capital, Moscú, todavía algo soviet a su pesar, con el golfo de Finlandia en el mar Báltico donde descansa y reina Kira, la de San Petersburgo, medio sevillana ya, y “ese rubio objeto del deseo” para mi amigo del alma y ese cobijo y fonda para mí.
Además, parece que se estrena la última de Almodóvar allí.
El sueño de Pedro el Grande me espera en la ciudad de los palacios y los canales, pero yo, como está de más aclarar, no soy Catalina. Ni tampoco soy... Penélope.
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Ahora en la distancia no me parece tan gris, y los cosacos sonaban mejor en directo. Esta ciudad te caga a patadas y sin embargo sé que cuando me vaya, de algún modo extraño, la echaré de menos.
ResponderSuprimirUn besote, Ricardo. Anda que no nos lo pasamos bien. Espero con impaciencia las notas Petesanburguesas.
Algo de eso tiene la gigantesca Moscú, cada vez que hablo de ella intento cambiar mi discurso para mejor... ¡sueño con tener un cañón azul turquesa con asas y ruedas! estaba sacando medidas en la cocina... ¿tal vez de lao?
ResponderSuprimirHoy estoy catarroso, mañana te contesto a tus desvaríos incendiarios, inquisidor!
Bueno, muy bien. Muy bonito. Pero ¿y San Peter QUE?!!
ResponderSuprimirestá viniendo Mr Kirill, está viniendo... :-)
ResponderSuprimirRicardo, la familia Mironov te manda saludos rusos (un saludo ruso es como un abrazo español). Dicen que tienen un recuerdo muy "luminoso" de ti, palabras textuales. Que se acuerdan mucho de ti.
ResponderSuprimirTb te anuncio que hemos visto "Un día perfecto", de Eastwood, y "The last of the Mohicans". I´ll find you, Cora!
Jefe chu y jefa kirusha enviarte muchas salutaciones, ala solitaria.
Nunca he sabido si me hubiera gustado ser indio o sólo de crianza. Por si las moscas a una de mis bicis, ya difunta, como el último Mohicano, la llamé Uncas. Pero seguramente mi espíritu esté más "iluminado" por Madeleine así que hay una opción clara de ser Hawkeye (en las dos versiones adoradas por mí: el terror de los pies negros y el terror de Morritos Calientes). Quiero saber más de un día perfecto o sea verla y abrazo saludando a mis queridos Mironov que no saben que les robé la lamparilla a ellos. Os espero pronto por mi campamento...
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